La magnitud de la apuesta saudí por el deporte no tiene precedentes en términos de velocidad de despliegue. En menos de tres años, el Reino ha conseguido los derechos del Mundial de 2034, ha comprado Newcastle United, ha lanzado la Saudi Pro League como destino de superestrellas, ha traído el Tour de Francia y el US Open de tenis, y ha organizado grandes premios de Fórmula 1, torneos de golf de élite y combates de boxeo históricos.

La pregunta que se hacen los analistas no es si Arabia Saudí puede permitirse este despliegue económico —con el PIF (Public Investment Fund) gestionando más de 700.000 millones de dólares en activos, la respuesta es obvia—. La pregunta relevante es qué objetivos persigue esta estrategia con tanta precisión.

La tesis de la diversificación

El contexto macroeconómico es determinante. Arabia Saudí tiene el mandato explícito, en el marco de Vision 2030, de reducir la dependencia de los ingresos petroleros. El turismo, el entretenimiento y el deporte son sectores prioritarios en esa hoja de ruta. Cuando el Reino trae un evento deportivo de primer nivel, no está solo comprando espectáculo: está construyendo infraestructura hotelera, generando empleo en sectores no petroleros, entrenando a gestores locales y proyectando la imagen de un país abierto y moderno.