El estadio deportivo clásico tenía un modelo económico simple: vendía entradas los días que había partido y dormía el resto del año. En primera división, eso son entre 19 y 25 jornadas de liga más eventuales eliminatorias de copa y competición europea. La mayor parte del año, el recinto era un activo infrautilizado con costes de mantenimiento elevados y rentabilidad marginal.

Ese modelo lleva una década en proceso de obsolescencia. Los clubes más avanzados han entendido que el estadio es su activo más valioso no porque acoja el partido, sino porque es el lugar de máxima densidad de su comunidad. Y esa densidad, bien gestionada, genera ingresos en múltiples capas.

El concepto de activación continua

Las nuevas arenas —el Tottenham Hotspur Stadium en Londres es quizá el ejemplo más citado— están diseñadas desde cero con la lógica de los 365 días. El estadio del Tottenham tiene una segunda pista de césped artificial retráctil bajo el campo de hierba natural, lo que permite albergar eventos de NFL, conciertos y actividades corporativas sin afectar al campo principal. Su programa de hospitalidad incluye cuatro restaurantes con diferentes niveles de precio, un distillery premium y espacios de reunión corporativa.