En 2017, la Fórmula 1 era una liga en declive. Las audiencias televisivas caían sistemáticamente, el modelo de negocio dependía de circuitos dispuestos a pagar tarifas astronómicas para aparecer en el calendario, y la percepción entre los menores de 35 años era la de un deporte caro, elitista y aburrido.

Ocho años después, el diagnóstico es radicalmente diferente. La F1 tiene más de 500 millones de seguidores únicos anuales, ha añadido dos grandes premios en Estados Unidos —Las Vegas y Miami, junto a Austin—, los equipos valen miles de millones y el paddock es destino obligado de celebrities, inversores y políticos. El Gran Premio de Las Vegas ha generado un impacto económico estimado de 1.300 millones de dólares en su primera edición.

La palanca del contenido

El punto de inflexión tiene un nombre concreto: Drive to Survive, la docuserie de Netflix producida desde 2019. La serie no solo atrajo a nuevos espectadores: cambió el tipo de audiencia. Introdujo la F1 en hogares que nunca habían visto una carrera, humanizó a los pilotos, dramatizó las rivalidades internas de los equipos y creó un producto que podía consumirse en el sofá sin haber seguido el campeonato desde niño.